Una familia que decidió vivir en el bosque, sin comodidades, ¿daña la salud y el futuro de sus hijos y por eso se los quitan? La opinión pública mundial se divide. Es el conflicto entre dos formas de ver el mundo: entre la libertad del individuo y el bienestar colectivo.
De un evento local, se convirtió en una noticia de relevancia internacional. Es el caso de la familia que vive en el bosque cerca de Palmoli (Chieti), en Abruzos, Italia. Una familia compuesta por el padre, Nathan Trevallion, de 51 años, británico, ex chef; la madre, Catherine Birmingham, de 45 años, australiana, su esposa; y tres niños, uno de 8 años y dos gemelos de seis. Con ellos viven un caballo, un burro y gallinas. Viven aislados en una casa deteriorada, con servicios precarios, como en el campo italiano durante la época de la última guerra mundial. El baño es una caseta aparte. La energía proviene de tres paneles solares. La estufa es a leña.
La familia elige una vida no consumista
Los padres eligen una vida menos ansiosa, no violenta, que no sigue ritmos impuestos desde el exterior. También la quieren así para sus hijos. Una alternativa al consumismo. Viven en contacto con la naturaleza, no tienen relaciones sociales habituales. Los niños no van a la escuela, pero reciben una educación básica de sus padres. Hace algún tiempo, se intoxicaron con hongos y el 31 de octubre pasado salió a la luz la situación de los niños, que llevan una vida de riesgo. Los asistentes sociales reportaron la realidad y el tribunal les quitó la patria potestad a los padres. Cámaras de televisión, periódicos, investigaciones, grandes titulares. Los «magistrados malvados«, según algunos políticos del gobierno italiano, le quitan los niños a la «familia buena«. ¿Quién tiene la razón?
Vivir lejos de la sociedad tiene sus ventajas
Esos niños hablan tres idiomas, saben cómo es una gallina, conocen las hierbas aromáticas, no beben refrescos gaseados y azucarados, no tienen sobrepeso, no comen carne enriquecida con hormonas y antibióticos, conocen el cambio de las estaciones, los ritmos de los frutos y de la vegetación. Sin embargo, no sabemos cuántas nociones tengan de aritmética, geografía o literatura. Por otra parte, tampoco estamos seguros de los conocimientos reales de aquellos niños que sí van a la escuela. Surge la comparación: ¿son mejores los niños que viven al aire libre o los encerrados en sus habitaciones mirando el celular y los videojuegos o sitios porno? ¿Es mejor dialogar con las gallinas o chatear en redes sociales como Tik Tok o Instagram? La respuesta surge espontáneamente. Estamos equivocándonos en todo, pero no sabemos renunciar al agua caliente y al auto.
¿Cuántos niños viven en estado de riesgo y peligro?
¿Y los hijos de los «rom» (gitanos) y de tantos inmigrantes extracomunitarios que viven en caravanas o chabolas, sin servicios? Alguien preguntará por qué no se les quitan esos niños a sus padres. Mientras tanto, no es verdad que no se los quite. Son casos humanos terribles, se entiende bien. Casos que deben tratarse por separado, pero son dramas familiares y humanos. Es cierto que muchos niños rom y de las clases más pobres son utilizados para cometer robos, encaminados al crimen. Viven en la indigencia y en riesgo de enfermedad, o listos para ser masa de maniobra para la criminalidad, y su futuro es la prisión para menores, escuela de delincuencia. No hay recetas fáciles y la sociedad es ciertamente injusta con quien tiene pocos recursos y posibilidades. Pero la visión romántica de los niños en brazos de mamá y papá no es suficiente. A mí no me basta.
¿Es mejor vivir en el bosque o en las respetables familias «tradicionales»?
¿Son mejores los niños aislados en el bosque o aquellos que viven entre las comodidades modernas, en familias donde el padre maltrata a la madre y, en algunos casos, llega a matarla? ¿O aquellos de las respetables familias llamadas «normales» donde, sin embargo, a veces anida la violencia contra los menores por parte de un pariente, donde el padre está ausente por demasiadas horas de trabajo, donde no se ve un libro, donde el menor es abandonado frente al televisor o los videojuegos? No hagamos como que olvidamos que la familia que tantos se empeñan en llamar tradicional es, a menudo, la causa de violencias e injusticias sobre los más débiles: feminicidios y privaciones incluidas.
Los paralelos con el caso «No Vax»
Los niños del bosque obviamente no están vacunados. Por lo tanto, reciben el aplauso de muchos «anti-vacunas» que siguen la anti-ciencia. Un psiquiatra en la radio del Sole 24 Ore (un importante grupo de medios de comunicación económico-empresariales en Italia), citando ese episodio, dijo: «No es verdad que le podía pasar a cualquiera. Pasa cuando hay ignorancia. Es sabido que la ciencia aconseja nunca dar hongos a menores de edad». Antes se vivía así en nuestros campos. Sin agua corriente, sin calefacción, sin baño, sin energía eléctrica. En muchas realidades de Europa y del resto del mundo todavía se vive así: África, América del Sur, Asia. Pero se corre el riesgo de morir antes. La esperanza de vida es más breve. Si el niño contrae una pulmonía, está en grave riesgo. Si se enferman los padres, ¿quién los llevará al hospital? ¿Qué será de esos niños?
El lado seductor de la vida inmersa en la naturaleza
Desde que leí la noticia, un impulso de simpatía me llevó a entender las razones de los padres. Basta de facturas, basta de obligaciones de la sociedad. Basta de consumismo estúpido, celulares, autos, televisión, publicidad, comidas procesadas que te dan cáncer, ansiedad o colesterol alto y una vida pasada entre medicamentos y clínicas. Se acabó. Me voy a vivir al campo, lejos del mundo que me da asco. Todo comprensible. Pero luego pienso en esos niños. Mientras seas adulto y seas responsable de tus elecciones, puedo aceptar que hagas la vida que decidas. De hecho, no son pocos los ermitaños, los que viven con casi nada, los que se aíslan, los que desaparecen voluntariamente y no le piden nada a la sociedad malvada. Pero, ¿puedes imponerle esto a tus hijos?
Dos formas de vivir que están en conflicto, también dentro de nosotros
Desde un punto de vista romántico y pre-ilustrado, sí. Pero los niños no son propiedad de los padres. También son seres humanos con derechos. Cuando se anteponen los derechos de los individuos (los padres) a los de la comunidad, para mí, se comete un error. Que la sociedad se autoproteja y proteja a los menores es, por lo tanto, un deber. ¿Qué futuro espera a estos niños del bosque? ¿En qué mundo se encontrarán mañana? ¿Con qué preparación? ¿Quién cuidará de ellos? Que tengan una casa con comodidades, una educación escolar, una oportunidad de vida saludable me parece un deber. Luego me dirán que todo esto la sociedad moderna no siempre te lo ofrece. En palabras y sobre el papel sí, pero en los hechos hay escuelas deterioradas, maestros no preparados, largas listas de espera en los hospitales, carencia de derechos en todos los niveles. La sociedad es imperfecta. Muy cierto. Pero perfectible. Si creces como Tarzán, solo puedes vivir en el bosque. Podría ser una vida incluso mejor, pero la del niño obligado a crecer así no fue su elección.
Rechazaron ofertas generosas para vivir de manera diferente
El alcalde había ofrecido una casa con todas las comodidades de 70 m² para la familia. La rechazaron. Un empresario se ofreció a restaurar la casa del bosque, para mejorar las condiciones de vida de toda la familia. Podrían haber residido en otra casita mientras se realizaba la renovación. También ofrecida por el empresario. No aceptaron. Lo vieron como una intrusión en sus decisiones. Me recuerda mucho la disputa sobre las vacunas. «Con mi cuerpo y el de mis hijos decido yo y, si no creo en la ciencia, no puedes obligarme». Pues no. Cuando tus decisiones ponen en peligro a otros ciudadanos, en este caso a tus hijos, el Estado tiene el deber, no solo el derecho, de intervenir e impedirte cometer una injusticia. Tu irresponsabilidad no dañaría solo a ti mismo, sino también a quienes viven a tu lado. Puedes contaminar a otros y ser portador sano de virus. ¿Para proteger tu libertad, ponemos en riesgo la de toda la comunidad? No se puede. Hay un límite a la libertad personal: cuando tus decisiones lesionan los derechos del prójimo.
El mundo está dividido. El conflicto es más profundo de lo que parece
Italia está dividida, pero también el mundo, la sociedad entera lo está. ¿El eje del juicio debe ser la protección de la integridad psico-física de los niños o el amor y la integridad familiar? ¿El Estado debe ejercer una tutela o, al hacerlo, impone un control excesivo? Fíjense que no es un conflicto menor. Aquí está toda la diferencia entre el pensamiento occidental libertario y anti-estatalista y el oriental que pone en primer lugar el bienestar de la colectividad. Por eso el concepto de libertad en Occidente se ve como libertad del individuo, y en Oriente ese principio es un acto egoísta que va contra el bienestar de toda la sociedad.
La libertad es un concepto diferente para un occidental y un oriental
La libertad para un chino o un japonés es una sociedad que te permite vivir de la mejor manera y te libera de riesgos y problemas. Para un estadounidense o un europeo, esa libertad es una intrusión en las decisiones privadas. ¿Qué elección hará la humanidad? Yo no tengo dudas de que será un largo conflicto, el de las próximas décadas, entre estas dos formas de entender la sociedad y el individuo, pero creo que, a la larga, el principio oriental se impondrá. Porque es el que asegura un futuro para la humanidad, mientras que el otro, nuestro principio, está llevando al desastre del desperdicio, la negación y el desastre ecológico. Si queremos salvarnos, debemos abandonar el egoísmo.
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