El Venezuela de Maduro podrá tener muchos defectos, pero no es el corazón del narcotráfico mundial. Lo que sí tiene es la mayor reserva de energía fósil del planeta, y eso —más que ninguna droga— es lo que despierta el apetito de Washington. Una guerra más que no se libra por la droga, sino por el control del petróleo.
La acusación de Trump es, una vez más, la vieja mentira de las superpotencias: disfrazar su ambición económica con el lenguaje de la moral. En los últimos meses, una poderosa flota de guerra estadounidense se ha desplegado en el mar Caribe, frente a las costas de Venezuela. El expresidente Donald Trump —ahora de nuevo en el centro de la política norteamericana— ha declarado que su objetivo es ver caer al “régimen de Nicolás Maduro”, al que acusa de encabezar un cartel de la droga que amenaza a los Estados Unidos.
Pero, ¿qué tan cierta es esta acusación? ¿Y qué se esconde realmente detrás de esta retórica belicista?
La crisis de drogas en Estados Unidos: un problema doméstico
Es cierto que los Estados Unidos viven una crisis sin precedentes por el consumo de drogas.
El país registra cada año más de 100 000 muertes por sobredosis, principalmente causadas por el fentanilo, un opioide sintético hasta cincuenta veces más potente que la heroína.
Sin embargo, la mayoría de los estadounidenses ignoran un detalle clave: el fentanilo no proviene de los cultivos andinos ni de los países del Caribe.
El fentanilo se produce en laboratorios clandestinos, no en plantaciones. Los componentes químicos para fabricarlo —los llamados precursores— se importan principalmente desde China. Luego, los carteles mexicanos lo mezclan, empacan y lo cruzan a Estados Unidos a través de la frontera sur.
De hecho, según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, más del 90 % del fentanilo incautado en territorio estadounidense proviene de México, no de Venezuela, ni de Colombia, ni de Ecuador.
Por lo tanto, cuando Trump habla de un “cartel venezolano”, no hay evidencia pública que respalde esa afirmación. Los informes del Congreso, la DEA y los organismos internacionales apuntan a México y China como los verdaderos protagonistas de esta tragedia química.
El negocio de la cocaína: Colombia produce, México distribuye
Otra historia similar ocurre con la cocaína, todavía muy presente en los Estados Unidos.
Colombia sigue siendo el primer productor mundial de cocaína, seguida a distancia por Perú y Bolivia.
La droga se transporta en pequeñas avionetas, lanchas rápidas o submarinos hacia América Central y México, desde donde los carteles mexicanos la introducen a las grandes ciudades estadounidenses: Los Ángeles, Houston, Chicago, Nueva York, Filadelfia.
Los informes de la DEA indican que los grupos criminales colombianos controlan la producción, pero los carteles mexicanos controlan la ruta y la venta mayorista dentro de los Estados Unidos.
El papel de Venezuela, según estas mismas fuentes, no es de productor ni de gran exportador, sino ocasionalmente de país de tránsito por su ubicación geográfica, igual que sucede con otros países del Caribe.
Nada indica que Caracas tenga una estructura estatal dedicada al tráfico internacional de drogas.
Si existe alguna corrupción individual, como la hay en casi todos los gobiernos latinoamericanos, no puede compararse con la magnitud de las operaciones de los carteles mexicanos o colombianos.
La heroína y otras drogas tradicionales
En cuanto a la heroína, las fuentes de abastecimiento de Estados Unidos también son bien conocidas.
La heroína negra (black tar) proviene casi exclusivamente de México, mientras que la heroína blanca proviene en menor medida de Colombia.
El Caribe, incluyendo a Venezuela, no figura en ninguna estadística importante de producción o exportación de heroína hacia el norte.
Esto demuestra que el discurso que asocia a Venezuela con los principales flujos de narcóticos hacia Estados Unidos carece de fundamento técnico y documental.
Un enemigo conveniente
Entonces, ¿por qué Trump insiste en hablar de un “cartel venezolano”?
Porque en política internacional, las palabras son armas.
Atribuir a un gobierno latinoamericano el rol de “narcorrégimen” permite justificar sanciones, bloqueos e incluso intervenciones militares ante la opinión pública estadounidense.
El argumento del “combate al narcotráfico” es una vieja herramienta de Washington.
En los años ochenta sirvió para intervenir en Panamá y capturar a Noriega.
En los noventa justificó operaciones encubiertas en Colombia y Centroamérica.
Y hoy se recicla para presionar al gobierno de Caracas.
El problema real no es la droga. El problema es el petróleo.
El verdadero botín: las reservas venezolanas
Venezuela posee la mayor reserva comprobada de petróleo del planeta: más de 300 000 millones de barriles, una cifra que supera incluso a la de Arabia Saudita.
Su crudo es de altísima calidad y de fácil refinación, ideal para las necesidades de la industria estadounidense.
Durante años, el bloqueo económico y la caída de la producción venezolana beneficiaron a las petroleras norteamericanas, que pudieron imponer precios y condiciones favorables en el mercado global.
Pero con la creciente inestabilidad energética mundial, el interés por las reservas venezolanas ha vuelto a encenderse.
Trump —y buena parte del establishment estadounidense— sabe que un cambio de régimen en Caracas abriría la puerta a nuevos contratos petroleros, algo que hoy está cerrado por las sanciones.
Por eso la narrativa del “cartel de Maduro” sirve como coartada moral y política: enmascara un objetivo económico bajo el lenguaje de la “seguridad nacional”.
El espejo de las potencias
Resulta irónico que el país que acusa a otros de inundar sus calles de drogas sea al mismo tiempo el mayor consumidor de narcóticos del planeta.
En Estados Unidos, el consumo recreativo de marihuana es legal o tolerado en la mayoría de los estados. Millones de norteamericanos fuman, inhalan o mezclan sustancias cada noche sin mayores consecuencias legales.
La verdadera epidemia está dentro de sus propias fronteras: laboratorios clandestinos, farmacias que recetan opioides sin control, industrias farmacéuticas que durante décadas alimentaron la dependencia química de toda una generación.
No hay ningún “régimen extranjero” detrás de eso. Hay un sistema económico que vive del consumo, incluso cuando ese consumo destruye vidas.
El derecho internacional y la soberanía
Más allá de las simpatías o críticas hacia Maduro, ningún país tiene derecho a intervenir militarmente en otro alegando motivos morales o policiales.
El derecho internacional es claro: la soberanía de los pueblos es inviolable.
Pero cuando una superpotencia decide actuar según sus intereses, las leyes suelen ser papel mojado.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos de esta doble moral: la “guerra contra el comunismo”, la “guerra contra el terrorismo”, la “guerra contra la droga”… siempre hay una causa noble para justificar una acción impura.
Hoy, el fantasma del “cartel de Maduro” cumple esa función.
No se trata de cocaína ni de fentanilo. Se trata de petróleo, geopolítica y poder.
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